La crisis de desapariciones en México demanda justicia real y el reconocimiento de las víctimas como individuos con historia, nombres y familias, rechazando su uso como cifras mediáticas o herramientas de propaganda política. El enfoque zapatista subraya que la búsqueda persistente es la única vía para rescatar la memoria y la dignidad nacional.
Dignidad humana frente al manejo mediático de la tragedia
Las personas desaparecidas en el territorio mexicano no representan estadísticas para el análisis en medios de comunicación, sino seres humanos con identidades, vínculos afectivos y trayectorias de vida que han sido truncadas. Durante el cierre del Semillero Abril del 2026, el capitán Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), enfatizó la urgencia de ubicar y rescatar a estos individuos tanto para la vida presente como para la preservación de la memoria histórica.
La lucha de los cientos de colectivos y organizaciones de familiares ha enfrentado intentos sistemáticos de cooptación y manipulación por parte de agendas políticas partidarias. A pesar de los esfuerzos por acallar estas voces o invisibilizarlas bajo espectáculos de entretenimiento, debates estériles o eventos deportivos, la resistencia de quienes buscan a sus ausentes permanece inquebrantable hasta lograr su localización.
El contraste entre la frivolidad y la realidad nacional
Existe una desconexión profunda entre la narrativa oficial de celebración y la situación de terror que fractura a la nación. Mientras el país se distrae con hitos superficiales, la justicia y la verdad permanecen extraviadas.
- La identidad nacional actual se encuentra unida primordialmente por el dolor y la incertidumbre.
- La búsqueda de los ausentes no se detiene ante la frivolidad del entorno social.
- La noción de patria se diluye cuando los pilares de justicia son parte de lo desaparecido.
Este diagnóstico se presentó en el Caracol Jacinto Canek, en San Cristóbal de las Casas, subrayando que la persistencia es el único camino contra el olvido.
La fragmentación como estrategia de resistencia y rebeldía
La capacidad de no rendirse, no venderse y no claudicar reside en tener claridad absoluta sobre la historia propia, los objetivos de lucha y las formas organizativas. En este contexto, la presencia de figuras como Don Mario y Doña Hilda, padres de los estudiantes de Ayotzinapa, simboliza la perseverancia que define a los movimientos que no desmayan en su búsqueda.
El deber de las generaciones actuales es construir condiciones materiales para la supervivencia, transmitiendo la rebeldía no mediante discursos verbales, sino a través de la práctica cotidiana. La resistencia se convierte en una herencia tangible cuando se acompaña del ejemplo en la gestión del Común y en las estructuras organizativas.
Dilema fundamental: resignación frente a organización
Todo grupo o individuo que decide rebelarse enfrenta la decisión crítica entre aceptar el estado de las cosas o articularse para el cambio. El pensamiento zapatista advierte que los llamados a la “unidad incondicional” suelen ocultar intentos de hegemonía y estructuras piramidales donde se impone un mando vertical.
Diferencia entre unidad y objetivos comunes
La propuesta del Común no busca la uniformidad, sino la convergencia de múltiples combates contra un sistema opresor. La fragmentación se entiende entonces como un reconocimiento de las particularidades de cada resistencia, evitando la jerarquización que históricamente ha conducido al fracaso de los movimientos sociales unificados.
