Cox concreta la adquisición del 100% de Iberdrola México por 4,000 millones de dólares, consolidándose como el mayor suministrador privado del país con más del 25% de cuota de mercado y una cartera de proyectos de 12,000 MW, bajo el respaldo político de la administración de Claudia Sheinbaum.
Lo que nos inquieta en Más Contexto no es la salida de Iberdrola, sino la velocidad con la que Cox ha decodificado el nuevo tablero político mexicano. Tras analizar el movimiento, nuestra tesis es contundente: no estamos ante una simple venta de activos, sino ante una sustitución de interlocutor estratégico que garantiza la supervivencia del capital privado mediante una alineación total con la soberanía estatal.
La metamorfosis del mercado eléctrico: De la confrontación a la alineación estatal
La salida definitiva de Iberdrola de la operación mexicana, valorada en 4,000 millones de dólares, cierra un capítulo de fricciones constantes con el Ejecutivo. Enrique Riquelme, presidente de Cox, ha sido quirúrgico en su narrativa: la operación no solo es financiera, sino política. Al enmarcar la compra dentro de la visión de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la energía y el agua como políticas de Estado, Cox desactiva las alarmas de nacionalismo que persiguieron a su predecesora.
En Más Contexto hemos rastreado cómo estos movimientos de “capitalismo de alineación” están redefiniendo el sector; Cox no llega a competir contra el Estado, llega a servirle de brazo ejecutor en infraestructura estratégica. La realidad es que el modelo de confrontación está muerto. Quien no se alinea con la planificación nacional, simplemente queda fuera del juego.
Los activos en juego: Una plataforma de 2,600 MW
La transacción, ya autorizada por la CNE y la CNA, transfiere una infraestructura robusta que incluye:
- Capacidad operativa: Más de 2,600 megavatios (MW).
- Mix energético: 47.4% en fuentes renovables, 44.8% en ciclos combinados de gas y 7.8% en cogeneración.
- Dominio de mercado: Suministro a más de 500 grandes clientes con calificación crediticia máxima.
El músculo financiero detrás de la apuesta de Cox
A diferencia de Iberdrola, que busca refugio en las redes eléctricas de Estados Unidos y Europa para duplicar su inversión, Cox apuesta por la rentabilidad de la generación en suelo mexicano. Las proyecciones para 2025 son agresivas: ingresos de 2,551 millones de euros y un EBITDA de 786 millones de euros, lo que supone triplicar sus números previos.
Observamos con atención que este crecimiento exponencial no es orgánico, sino el resultado de absorber una estructura ya madura. Nuestra lectura es de cautela: Cox está heredando una plantilla de 800 profesionales y una cartera de 12,000 MW de proyectos futuros, pero su éxito dependerá de que el “marco regulatorio claro” que menciona Riquelme no sufra las turbulencias de la transición sexenal.
El futuro de la soberanía energética
La integración de Cox en el ecosistema energético mexicano le otorga una cuota de mercado del 25% y 20 TWh de comercialización. Esta posición de fuerza es, paradójicamente, su mayor riesgo. En un entorno donde la seguridad energética y la soberanía hídrica son prioridades presidenciales, Cox deberá demostrar que su rentabilidad no colisiona con el interés público.
Los datos son fríos. El flujo de caja operativo de Cox escalará a 592 millones de euros, cuatro veces más que en periodos anteriores. Esta capacidad de generación de caja es lo que le permitirá financiar los 12,000 MW en proyectos que tiene en cartera.
[Perspectiva Más Contexto]
Nuestra apuesta es que este relevo de guardia en el sector energético marca el fin de la era de los contratos blindados y el inicio de la era de la “cooperación obligada”. Cox ha comprado mucho más que plantas de gas y parques eólicos; ha comprado un asiento en la mesa del Gobierno de Sheinbaum, y el costo de 4,000 millones de dólares será una ganga si logran capitalizar el 25% del mercado sin la sombra de la expropiación. La duda persistente es si el sistema eléctrico resistirá una centralización tan marcada bajo nuevos rostros privados.
