A dos décadas del fenómeno original, Meryl Streep y Anne Hathaway regresan en una continuación que, aunque desborda nostalgia y estilo, tropieza al intentar adaptar la tiranía de la moda a la era del algoritmo.
Nos inquieta observar cómo una franquicia que definió el poder editorial intenta sobrevivir en un ecosistema que ya no reconoce a las “reinas” del papel brillante. En MÁS CONTEXTO, detectamos que el problema de esta secuela no radica en su elenco estelar, sino en la pérdida de esa crueldad magnética que hacía de Miranda Priestly un ícono; al suavizar los bordes para los tiempos modernos, la película pierde el filo que la hacía necesaria.
El regreso de Miranda Priestly a un mundo que ya no la espera
Bajo la dirección de David Frankel y el guion de Aline Brosh McKenna, The Devil Wears Prada 2 nos sitúa en una realidad sobria: Andrea Sachs (Anne Hathaway) inicia la cinta ganando premios de investigación solo para ser despedida de inmediato. Esta apertura es un balde de agua fría de realismo periodístico que choca con el escapismo de Chanel al que estábamos acostumbrados.
Nuestra lectura es que el intento de la película por ser “relevante” termina siendo su mayor lastre. Mientras que la cinta de 2006 era una fantasía de aspiración, la versión de 2026 se siente como una reunión corporativa de mediana edad. La transición de Runway hacia lo digital y la obsesión por la viralidad sobre el gusto editorial reflejan una crisis de identidad que la narrativa no logra resolver del todo.
Dinámicas de poder: El Succession de la alta costura
La trama se fuerza para reunir a los protagonistas: Andy es contratada para salvar la reputación de Runway tras un escándalo de relaciones públicas, enfrentándose a nuevos jugadores como el hijo tecnólogo de Irv Ravitz (B.J. Novak) y una Emily Charlton (Emily Blunt) ahora empoderada como ejecutiva de Dior.
Consideramos que el conflicto se diluye al intentar abarcar demasiados frentes. El cambio de “asistente novata vs. jefa tiránica” a una suerte de drama corporativo tipo Succession —pero con mejores zapatos— le quita el alma a la relación central. Lo que realmente buscamos es ver a Miranda despedazar el orgullo de Andy con un susurro, no verlas negociar presupuestos en los Hamptons o Milán.
Un reparto impecable en un guion desflecado
A pesar de los problemas estructurales, el magnetismo de Meryl Streep y Stanley Tucci permanece intacto. Los datos no mienten: Streep no había tenido un papel protagónico de este calibre en un lustro, y verla retomar a Priestly es, por sí solo, un evento cinematográfico.
Sin embargo, nuestra lectura de criterio es severa: el filme sufre de un exceso de “amabilidad”. Al intentar evitar que Miranda sea “cancelada”, los guionistas han creado una versión demasiado diplomática del personaje. La inclusión de nuevos asistentes interpretados por Simone Ashley y Caleb Hearon, junto a cameos que van desde Kenneth Branagh hasta Kara Swisher, se siente más como un desfile de modas que como un desarrollo orgánico de la historia.
Ficha técnica y veredicto editorial
- Estudio: 20th Century Studios.
- Duración: 119 minutos.
- Clasificación: PG-13 (Lenguaje fuerte y referencias sugerentes).
- Calificación: 2 de 4 estrellas.
La lucha por mantener la calidad en el periodismo y el gusto en la moda es el eje central, pero la película olvida que vinimos por el drama, no por una lección de ética laboral.
[Perspectiva Más Contexto]
Nuestra apuesta es que esta secuela será devorada por el público gracias al factor nostalgia, pero será olvidada rápidamente al no ofrecer una tesis sólida sobre el poder femenino actual. En un mundo donde el “diablo” ha sido reemplazado por un algoritmo de recomendación, la figura de la jefa cruel resulta casi romántica. Creemos que la película falló al no atreverse a mostrar una Miranda Priestly verdaderamente fuera de control en la era de la corrección política; al final, la elegancia sin veneno no es más que un catálogo de ropa cara.
